El misterio del sufrimiento

Jorge Himitian

30/05/2021

Estos son días y meses difíciles. Días de mucho dolor y sufrimientos. A todo nivel: en el mundo, en nuestro país, en la iglesia, en muchas familias. En estos días, como iglesia, estamos padeciendo y peleando la batalla de la fe, clamando por la salud de pastores y hermanos cercanos a nosotros. Sufrimos juntos, con ellos y sus familias. Nos sentimos más familia que nunca. ¡Cómo nos une el dolor! Cuando un miembro del cuerpo de Cristo sufre, todo el cuerpo sufre. Y unidos estamos clamando a Dios, golpeando insistentemente las puertas del cielo hasta que recibamos la respuesta.

Hoy quiero compartirles una palabra sobre “El misterio del sufrimiento”

1. JESÚS ANTE EL SUFRIMIENTO

JUAN 12.27-28:

Ahora está turbada mi alma. ¿Qué diré: “Padre, sálvame de esta hora”? ¡Al contrario, para esto he llegado a esta hora!  Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo: “¡Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra vez!”.

Jesús estaba a pocos días del gran sufrimiento que tendría que afrontar: la crucifixión.

Su alma estaba turbada ante el horror de la cruz. Sin embargo, no pidió a Dios que lo salvara de la cruz, sino que su nombre fuera glorificado.

Dios no nos exime de los padecimientos.

A ninguno de nosotros nos gusta sufrir. Tampoco a Jesús. Pero lo importante para Jesús no era salvarse del sufrimiento, sino que el Padre fuera glorificado. Y para ello, la cruz es el camino. Sin cruz no hay gloria.

Pablo dice, en 2 Corintios 4.17: “…Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”.

Todos saldremos mejor de todo esto. El sufrimiento es como el fuego que purifica el oro.

El apóstol Pedro escribe a los hermanos que estaban pasando por diversas pruebas: “Amados, no se sorprendan del fuego de la prueba que les ha sobrevenido. Como si alguna cosa extraña les aconteciese…” (1 Pedro 4.12).

Y también les escribe: “… aunque ahora por un poco de tiempo tengan que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba la fe de ustedes, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1.6-7).

2. LA TRISTEZA Y LA DESAZÓN DE LOS DISCÍPULOS

JUAN 13

33 Hijitos, todavía sigo un poco con ustedes. Me buscarán, pero, como dije a los judíos: “A donde yo voy ustedes no pueden ir”, así les digo a ustedes ahora.

Naturalmente los discípulos estaban tristes, confundidos y desorientados. Habían dejado todo para seguir a Jesús, sus oficios, sus casas, sus familias… Se habían entregado por completo a él, habían creído que él era el Mesías. Y ahora, les dice que se va, y que donde va por ahora no lo pueden acompañar.

Es muy normal que en momentos como los que estamos pasando nos entristezcamos, tengamos dudas, nos asalten pensamientos negativos y temores, como las aves de rapiña que descendían sobre el sacrifico de Abraham en Génesis 15. Pero es importante que nos aferremos a las palabras del Señor que hemos aprendido. Nos fortalezcamos en el Señor y en el poder de su fuerza. Que rechacemos todo pensamiento del maligno, resistamos a los demonios mentirosos, que nos llenemos del Espíritu Santo, y resistamos al mismo Satanás, hasta que huya de nosotros.

Como la palabra de Dios en Isaías 59.19: “… porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él”.

Y el versículo 21 dice cómo funciona esto: “El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos, dijo Jehová, desde ahora y para siempre”.

Pongamos esta palabra en funcionamiento en su plenitud en cada uno de los discípulos, en toda la iglesia hasta que veamos la victoria del Señor.

Todos saldremos mejor de todo esto. Después de este fuego, de este sufrimiento tendremos mejores pastores, mejores discípulos. La iglesia será purificada, santificada, comprometida, enamorada del Señor más que nunca; más crecida en la fe, con más gloria y poder, con más amor y unidad, con más pasión por los perdidos. Y todos diremos: El enemigo vino como río, pero el Espíritu de Dios levantó bandera. ¡Amén! y ¡aleluya!

3. LO QUE JESÚS PROMETIÓ A SUS DISCÍPULOS

Volviendo a los discípulos en el evangelio de Juan. Jesús a partir del Capítulo 14 les dice cosas extraordinarias que nunca se los había dicho antes.

14.16-17: Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre: es decir, el Espíritu de verdad, … porque permanece con ustedes, y estará en ustedes.

14.18 y 20: No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes. En aquel día ustedes sabrán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí, y que yo estoy en ustedes.

14.23: Jesús le respondió: «El que me ama, obedecerá mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y con él nos quedaremos a vivir.

14.27-28: La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo. Ya me han oído decir que me voy, pero que vuelvo a ustedes.

16.7: Pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, yo se lo enviaré.

16.22-23: También ustedes ahora están tristes; pero yo los volveré a ver, y su corazón se alegrará, y nadie les arrebatará su alegría. …  De cierto, de cierto les digo, que todo lo que pidan al Padre, en mi nombre, él se lo concederá.

16.33: Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo.»

SIETE GLORIOSOS DONES QUE JESÚS NOS PROMETIÓ

en Juan 14 y 16

1. La presencia del Espíritu Santo

(14.16-17) “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador”

Jesús afirma que se va, pero promete enviar A OTRO COMO ÉL, el Consolador, el otro Paracleto, el otro representante de Dios, el Espíritu de verdad, el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es decir, Dios. Ahora esta CON ustedes, pero entonces estará EN ustedes.

(16.7) “… les conviene que yo me vaya…”

Jesús asegura que nos CONVIENE que él se fuera, para que viniera el OTRO IGUAL A ÉL, para que estuviera EN NOSOTROS para siempre.

¿Qué es mejor, tener a Jesús al lado o tener al Espíritu Santo adentro de nosotros?

Esto los discípulos no lo podían entender hasta que sucedió, en el día de Pentecostés.

2. La presencia de Jesús en nosotros

(14.18-20) “… vendré a ustedes…  En aquel día ustedes sabrán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí, y que yo estoy en ustedes.”

Al venir el Otro igual a Jesús, el Espíritu Santo, viene también Jesús. Los tres son uno, son inseparables en naturaleza y esencia. Vienen: EL ESPÍRITU SANTO + JESÚS.

3. La presencia del Padre en nosotros

(14.23) “…El que me ama, obedecerá mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y con él nos quedaremos a vivir.

Cuando viene el Espíritu Santo vienen también Jesús y el Padre. EL ESPÍRITU SANTO + JESÚS + EL PADRE. Y se quedan a vivir en nosotros. ¡La Trinidad viviendo en nosotros! Debido a la inhabitación mutua de las tres personas de la Trinidad.

4. La paz de Jesús en nosotros

(14.27) “La paz les dejo, mi paz les doy”

 Jesús en nosotros, por el Espíritu Santo, NOS IMPARTE SU PAZ. Por más dura que sea la tormenta, por más grande que sea el dolor, tenemos Su paz. Nuestra PAZ ES JESÚS. Él está en nuestra barca. Aunque el viento y las olas nos sacudan; aunque nos parezca que estamos por hundirnos, y gritemos: “Señor, sálvanos que perecemos”. Pero no. <no nos hundiremos. Nos aferramos a su palabra. Jesús está en el control. Vuelve la paz, viene la calma.

Nos preguntamos ¿Por qué permite Dios semejante tormenta? Para probar nuestra fe. Para que conozcamos más profundamente al Señor. La letra con sangre entra.

Y volvemos a cantar: “Paz, paz, cuán dulce paz, es aquella que el Padre me da; yo le ruego que inunde por siempre mi ser con sus ondas de amor celestial”.

5. La alegría del Espíritu en nosotros

(16.22) “… Yo los volveré a ver, y su corazón se alegrará, y nadie les arrebatará su alegría…”

Nos da su alegría. Nada ni nadie nos podrá arrebatar el gozo que nos da el Señor, es la alegría sobrenatural del Espíritu Santo. Es la alegría que les hizo cantar himnos al Señor en el peor calabozo de Filipos a Pablo y Silas, con sus espaldas ensangrentadas por los azotes recibidos. ¡Qué maravilloso es la gloria de su gozo en nosotros!

6. La facultad de orar en el nombre de Jesús

(16.23) “De cierto, de cierto les digo, que todo lo que pidan al Padre, en mi nombre, él se lo concederá”.

Nos da el poder y el privilegio de pedirle al Padre en su nombre. Esto es tremendo. Es maravilloso. La oración en el nombre de Jesús, es pedirle algo de parte de Jesús, con la confianza y la seguridad de su respuesta. No aflojemos. Creamos. Clamemos. Peleemos. Hagamos guerra contra el enemigo. En el nombre de Jesús hay poder. ¡Aleluya!

7. La victoria de Jesús en nosotros

(16.33) “En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo.”

Jesús nos anticipa que en el mundo tendremos aflicción. No nos promete espejitos de colores, una vida color de rosa. Nos advierte que en este mundo tendremos aflicción, sufrimientos, pruebas, padecimientos. Pero nos asegura con absoluta claridad de que él ha vencido al mundo, con todo lo que la palabra mundo comprende, dolores, injusticias, sufrimientos, persecuciones y aún muerte. Pero, nos pide que confiemos en él, porque él ha vencido al mundo.

El vencedor es él. No somos nosotros por nosotros mismos. El vencedor habita en nosotros. Nada ni nadie nos doblegará. Somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó.

Esto no significa que nunca tendremos sufrimientos, que nunca lloraremos. Esto significa que, en Jesús y Jesús en nosotros, venceremos. Aunque a veces flaqueamos y estamos a punto de desmayarnos, pero lo importante es el resultado final. Siempre en Cristo y por Cristo seremos más que vencedores. ¡Aleluya!

Hagamos nuestras las palabras del apóstol Pablo:

2 Corintios 4.8-10, y 16-17:

… estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos; siempre llevamos en el cuerpo, y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros”.

“Por lo tanto, no nos desanimamos. Y aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando de día en día. Porque estos sufrimientos insignificantes y momentáneos producen en nosotros una gloria cada vez más excelsa y eterna”.

Compartir en

Entradas Recientes

Videos Recientes

Seguinos en las redes

Quizas tambien te interese leer…

Iglesia 24/7

Iglesia 24/7

Ser iglesia las 24 horas del día, los 7 días de la semana Es muy fácil confinar a la iglesia a que sea una congregación. ¿A qué me refiero? Al hecho...

leer más

Desarrollado por web0

 Copyright © 2020 - Jorge Himitian